
Los montajes de Ramón Fernández son puestos como ejemplo de elegancia por muchos cofrades. Y, aunque él se deshaga en agradecimientos a todos sus maestros –«Pepe Álvarez, Juan Manuel Marrero, Jose Carlos Muñoz o Pepe Paco Bernal»–, lo cierto es que el buen hacer del bordador es objeto de codiciado deseo en muchas hermandades. Sus altares de cultos de Vera-Cruz –concluidos hace una semana– se han convertido en un referente cofrade. Cada vela o jarra tiene un porqué en unos montajes en los que la liturgia es la piedra angular.
–Montar unos cultos. ¿Es un arte?
–Más bien es un servicio. Las cofradías son pequeñas comunidades donde cada uno aporta su faceta. Lo mío se ve más que el pobrecito que lleva las cuentas.
–¿Qué hace falta para preparar un buen altar de cultos?
–Lo primero es tener las ideas claras para saber qué es lo que le va a la cofradía. Ahora las hermandades tienden a un ‘neomisticismo’ extraño. Son sobrias de puertas para adentro, pero luego en la calle van con capas blancas y cera rizada. Hay que ser consecuente.
-¿Porqué Vera-Cruz se ha convertido en un referente de elegancia para el resto de cofradías?
–Bueno el fin último de la hermandad es el culto. Siempre hemos intentado marcar una línea, una estética que procuramos respetar. Por ejemplo, los colores de una hermandad son muy importantes. Los nuestros son el verde y el negro y los respetamos hasta en las alfombras.
–¿En qué se inspira para diseñar los montajes?
–La verdad es que muchas veces lo pienso cuando me aburro en las homilías plastas y que duran más de la cuenta (risas).
Además, como yo digo, la Vera-Cruz tiene un congelador muy grande donde guarda los cultos de un año para otro. Cada vez complementamos y mejoramos lo anterior. Así hemos recuperado exornos perdidos como las velas finas que antes estaban muy mal vistas, las llamadas ‘velas de perra gorda’.
–¿Se puede hacer un buen montaje de cultos con poco patrimonio?
–Nosotros hemos montado cultos con muy pocas cosas, pero es que no teníamos dónde caernos muertos. Hemos llegado a usar hasta las esponjas usadas de las bodas. Por tanto, se puede pero es difícil.
–¿Qué supone el valor de la liturgia para usted?
–Yo no concibo los cultos para una fotografía. Los veo como el momento en el que se expone el Santísimo. Todo forma un conjunto, con una finalidad, por eso nosotros arreglamos hasta la baranda del presbiterio. Además, nos gusta mostrar siempre la mesa de altar arreglada, ya que es la parte más importante de los cultos.
–¿De dónde viene su gusto por la liturgia?
–He hecho distintos cursillos sobre la materia para formarme porque vi cómo se celebraban actos en los que se estaba perdiendo y en los que se rozaba casi la payasada.
–¿A qué hermandad diría que le hace falta mejorar?
–La verdad es que todavía queda alguna hermandad que aún no han aprendido. Suelen ser aquellas que dicen eso de que «sus imágenes lo llenan todo».
–Ha conseguido hacer de su pasión, un trabajo ¿Ha sido difícil?
–Hombre, la verdad es que el oficio de artesano es un poco bohemio. El artesano siempre disfrutará trabajando pero nunca se hará rico, tiene que ser muy astuto. Y yo no lo soy.