
Era ya medianoche cuando la luz y el humo enrojecido convirtieron el Reducto de la Catedral en una verdadera tea que marcaba el camino al Santísimo Cristo de la Viga. Las tradicionales bengalas singularizaron una de las recogías más especiales de toda la Semana Santa jerezana. Y ello ocurría tras haber dejado en las calles de la ciudad un gran sabor de boca tras media docena de horas que expusieron al disfrute del público una cofradía revitalizada extraordinariamente.
El trabajo realizado por la junta de gobierno de José Antonio Valenzuela, con manos expertas que le vienen acompañando en la recuperación de un lustre que jamás debió enfriarse en la Hermandad catedralicia, brindó ayer ese suma y sigue en el que, semejante y esplendoroso esfuerzo, viene colocando a la corporación en los últimos dos o tres años. Aún mejor, si cabe que el año anterior, la cofradía resultó una admirable expresión de ejercicio procesional.
Lo cierto es que contando con él, la imagen de Cristo procesional más antigua, con la única Dolorosa que puede ser reconocida como Copatrona de Jerez, con una sede como la Santa Iglesia Catedral o con un hábito nazareno de elegantes y llamativas reminiscencias cardenalicias no cabía en mente alguna un declive que ya es pasado en el día a día de la Hermandad. Y su estación penitencial de este Lunes Santo no fue, ayer, sino el espejo de una bonanza cargada de expectativas de futuro. Un crucificado que esta ocasión descansaba la base de la cruz sobre un monte pétreo adornado con multitud de cardos y entre los cuales florecía, sin explicación, una rosa roja.
Así, desde que sonaba a la puerta de su sede la marcha de Francisco Orellana Cristo de la Viga, con los penitentes de negro con la capa extraordinariamente bella que reviste de ese color rojizo-morado a sus espaldas, las trazas de la cofradía en la calle representarían, para sus primeros contempladores por Reducto, Cruces o Arroyo, una verdadera conmoción de los sentidos. La tarde se ponía bonita, diríase, para acoger la impresionante carga de sugerencias que la Viga presentaba. Peones, Carpintería Baja o Sedería dibujaron un cortejo prodigioso. Tornería, Rivero y Puerta de Sevilla prepararon a los cofrades de la Catedral para su entrada en Carrera Oficial y, en ella, encontraron el solemne espacio procesional que sus muchos valores necesitan para que sean mejor admirados y más concienzudamente presentados todos y cada uno de los aspectos que la caracterizan cada Lunes Santo en las calles de su recorrido. Sencillamente bella la cofradía y también sus pasos.
El de maderas oscuras del Cristo de la Viga alentaba en todo momento el espíritu que esta talla tardo-gótica sugiere desde el monte que, tiempo ha, se decidió que coronaran los cardos que aúpan al crucificado al madero. Su sobriedad fue un elemento más a favor de la singular presencia en un itinerario entregado a un centro que corresponde fervientemente atrayéndose hacia sí a cuantos jerezanos de la periferia encuentran en la Hermandad esa estética de claves evidentes. Como novedad a su paso por la Carrera Oficial, la banda que acompañaba el crucificado estrenó la marcha Socorro, Madre del Arroyo, obra del músico y hermano de la cofradía Iñaki Méndez.
La Virgen del Socorro cerraba una procesión que, en tal aportación mariana, atisbó inmediatas efemérides que pronto eclosionarán cuajadas de actos. Todo a su tiempo, sin embargo, para un cuarto centenario de su patronazgo sobre la ciudad que ha de aguardar a septiembre. Con todo, bastaba admirarla anoche, en su paso de palio y bajo el techo de palio que sus hermanos le bordaran, para comprender que, en efecto, las dichas que aguardan se corresponden con una condición más que merecida.
La Banda Virgen de las Angustias, de la sevillana Sanlúcar la Mayor, le traería sones musicales acordes a su dignidad. Sonaría Virgen del Socorro, por ejemplo, y en la obra del maestro Orellana se condensaría la gracia de una dolorosa cuajada del candor que le reporta su gesto dulce. Ayer paseó su copatronazgo sin aquel riesgo taurino que dice la historia legendaria de la cofradía que provocó la inclinación de su cabeza.